El evangelio de Mateo presenta a Jesús en un ministerio activo y dinámico, moviéndose entre multitudes y demostrando su autoridad sobre la enfermedad, la naturaleza y la muerte. En medio de esta actividad encontramos un pasaje de notable profundidad en Mateo 9:28. Este versículo, aunque breve, encapsula una de las lecciones más importantes del ministerio terrenal de Cristo: la relación intrínseca entre la fe y la intervención divina. La escena no es un espectáculo público, sino un encuentro íntimo que revela el verdadero requisito para recibir un milagro.

El Contexto: Un Clamor en el Camino

Para comprender plenamente la pregunta de Jesús en el versículo 28, debemos mirar un momento antes. Dos hombres ciegos han estado siguiendo a Jesús, gritando una petición específica: “¡Ten compasión de nosotros, Hijo de David!” (Mateo 9:27). Esta no era una súplica genérica. El título que usan, “Hijo de David”, es profundamente significativo. En el judaísmo del primer siglo, este era un título mesiánico. Reconocía a Jesús no solo como un sanador itinerante, sino como el heredero prometido del trono del rey David, el Mesías esperado por Israel. [Link: El significado de ‘Hijo de David’]

Su clamor público demuestra una fe inicial, una fe basada en lo que han oído sobre Jesús. Saben quién es Él en el gran esquema de la profecía de Israel. Sin embargo, Jesús no se detiene a sanarlos en la calle. En cambio, la narrativa se traslada. “Cuando entró en la casa, se le acercaron los ciegos”, nos dice el texto. Este cambio de escenario es crucial. Mueve la interacción del ámbito público, donde un milagro podría ser visto como un espectáculo, al ámbito privado, donde la fe puede ser examinada de manera personal y directa.

El Corazón de la Cuestión: “¿Creen que puedo hacer esto?”

Dentro de la casa, lejos del ruido de la multitud, Jesús hace una pregunta directa y penetrante: “¿Creen que puedo hacer esto?”. Esta pregunta es el núcleo de Mateo 9:28 y revela el método de enseñanza de Jesús. Él no pregunta para obtener información que no posee; como Dios, ya conoce la profundidad de la fe o la duda en cada corazón. La pregunta es para el beneficio de los hombres ciegos. Les da la oportunidad de articular su creencia, de hacer una confesión personal que va más allá de su grito público.

Una Pregunta sobre la Capacidad

Es importante notar lo que Jesús pregunta y lo que no pregunta. No dice: “¿Quieren que haga esto?”. Su necesidad era obvia. Tampoco pregunta: “¿Creen que voy a hacer esto?”. Eso se relaciona con su voluntad soberana. La pregunta es específicamente sobre su capacidad: “¿Creen que puedo?”.

Jesús está enfocando su fe en el objeto correcto. No se trata de una esperanza vaga en que las cosas mejoren, ni de una fe en su propia persistencia. Se trata de una confianza depositada directamente en el poder inherente y la autoridad de Jesús mismo. Es una invitación a mirar más allá de su ceguera física y ver con los ojos del corazón la verdadera identidad de quien está frente a ellos.

La Fe que Precede al Milagro

Este patrón se repite a lo largo de los evangelios. Jesús a menudo vincula sus milagros más poderosos a la fe de la persona que los solicita. Pensemos en el centurión romano, cuya fe asombró a Jesús y resultó en la sanación de su siervo a distancia (Mateo 8:5-13). O la mujer que sufría de hemorragias, a quien Jesús le dijo: “¡Ánimo, hija! Tu fe te ha sanado” (Mateo 9:22).

En cada caso, la fe no es una obra que “gana” el milagro. No es una transacción en la que una cantidad suficiente de fe compra una curación. Más bien, la fe es la condición del corazón que se abre para recibir lo que Dios está dispuesto a dar. Es la mano extendida que acepta el regalo. La fe no tiene poder en sí misma; su poder reside en Aquel en quien se deposita. [Link: El poder de la fe en la Biblia]

La Respuesta: “Sí, Señor”

La respuesta de los hombres ciegos es tan profunda como simple: “Sí, Señor”. Cada parte de esta breve frase está cargada de significado.

El “Sí” es una afirmación sin reservas. No hay negociación, duda o vacilación. Es una aceptación total y completa de la premisa de la pregunta de Jesús. Confirman que su creencia en su poder es absoluta.

La palabra “Señor” (del griego Kyrios) es aún más significativa. Este no es solo un término de respeto como “señor” o “maestro”. En el contexto de la época, y especialmente en la traducción griega del Antiguo Testamento (la Septuaginta), Kyrios se usaba para traducir el nombre sagrado de Dios, YHWH. Al llamar a Jesús “Señor”, estos hombres están haciendo una confesión de su deidad. Su comprensión ha evolucionado desde el título mesiánico “Hijo de David” hasta una confesión de la soberanía y autoridad divinas de Jesús. [Link: Los nombres de Dios en el Antiguo Testamento]

Las Consecuencias de la Fe

La respuesta de fe provoca una reacción inmediata de Jesús. “Entonces les tocó los ojos, diciendo: Que se haga con ustedes conforme a su fe. Y recobraron la vista” (Mateo 9:29-30). La sanación es la manifestación física de la realidad espiritual que acaba de tener lugar. Su fe, articulada en esa confesión silenciosa dentro de la casa, se convirtió en el canal a través del cual el poder sanador de Cristo fluyó.

El acto de tocar sus ojos es también un detalle tierno y personal. El mismo poder que sanó al siervo del centurión a kilómetros de distancia ahora se entrega a través de un toque físico, conectando al Creador con su creación de una manera tangible y compasiva. [Link: Sanidades y milagros de Jesús]

El pasaje de Mateo 9:28, por lo tanto, es mucho más que un simple preludio a un milagro. Es una lección magistral sobre la naturaleza de la fe. Nos enseña que Jesús se interesa menos por la magnitud de nuestros problemas y más por la dirección de nuestra fe. La pregunta que hizo a esos dos hombres hace dos mil años sigue resonando, invitándonos a examinar si realmente creemos que Él tiene el poder para actuar en nuestras propias vidas, no solo en la historia de Israel, sino ahora.