Mi nombre es Elena Vargas. Vivo en Sevilla, en un piso pequeño cerca de la Alameda, y fue en una noche de invierno cuando encontré por primera vez Mateo 9:28. Buscaba cualquier cosa que tuviera sentido. Mi madre llevaba tres meses enferma, yo llevaba seis meses sin dormir bien, y la Biblia que guardaba en la mesilla desde la confirmación seguía cerrada como si fuera un objeto decorativo.
Abrí esa noche. Al azar, o eso pensé.
Lo que dice el texto
El pasaje completo es parte de una secuencia de milagros que Mateo organiza con una precisión casi arquitectónica. Dos ciegos siguen a Jesús desde la casa de Jairo, gritando: “Ten misericordia de nosotros, Hijo de David.” No es una petición discreta. Es un grito en la calle.
Jesús no responde de inmediato. Entra en la casa. Los ciegos también entran. Y entonces viene el versículo:
“Cuando entró en la casa, se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: ¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor.” (Mateo 9:28, NVI)
Esa pregunta me detuvo. No “¿qué queréis que haga?” ni “¿cuánto tiempo lleváis así?”. La pregunta es sobre la capacidad de Jesús, vista desde la perspectiva de ellos. ¿Creéis que puedo?
Puedes leer el capítulo completo de Mateo 9 en la NVI.
Por qué la pregunta importa
Hay una diferencia técnica importante entre los evangelios aquí. En Marcos, Jesús pregunta con frecuencia “¿qué quieres que haga por ti?” La orientación es hacia la necesidad. En Mateo 9:28, la pregunta apunta hacia la fe. El objeto de la fe no es el milagro en abstracto, sino la persona que lo realiza.
Los maestros del primer siglo conocían esa distinción. La fe en el judaísmo del Segundo Templo no era un sentimiento interior difuso, sino una orientación de confianza hacia alguien o algo concreto. Creer que Jesús puede hacer esto implica ya una afirmación sobre quién es Jesús.
La respuesta de los ciegos es breve: “Sí, Señor.” En griego, Ναί, κύριε. Dos palabras. No hay elaboración teológica, no hay historia de vida, no hay demostración de mérito. Solo la afirmación directa.
Eso también me pareció relevante aquella noche en Sevilla.
El gesto de Mateo: tocar los ojos
El versículo 29 continúa: “Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho.” El tacto aquí no es accidental. A lo largo del capítulo 9, Mateo usa el contacto físico de forma consistente: la mano extendida al leproso en el capítulo anterior, la mano tomada de la hija de Jairo, los ojos tocados aquí.
Hay una tendencia en la lectura devocional a espiritualizar estos relatos hasta volverlos abstractos. Pero el texto se resiste a eso. Los cuerpos importan. La ceguera era una condición física real con consecuencias sociales devastadoras en el mundo antiguo. No había sistema de pensiones, no había infraestructura de apoyo. La ceguera significaba dependencia total y, frecuentemente, mendicidad.
Jesús no les dice que su ceguera tiene un propósito espiritual que deben abrazar. Les devuelve la vista.
Mateo 9 como unidad narrativa
Leer Mateo 9:28 de forma aislada funciona, pero leerlo dentro de la estructura del capítulo completo revela algo más. El capítulo es una secuencia casi sin respiro: la parálisis, el llamamiento de Mateo, la pregunta sobre el ayuno, la hija de Jairo, la hemorragia, los dos ciegos, el mudo endemoniado. Milagro tras milagro.
La intención narrativa de Mateo no es documentar hechos clínicos sino mostrar quién es Jesús mediante la acumulación. El resultado acumulado es que los Doce enviados en el capítulo 10 van a continuar exactamente ese mismo trabajo: sanar enfermos, limpiar leprosos, resucitar muertos, echar demonios.
Los ciegos de Mateo 9:28 no son un episodio menor. Son parte de una demostración sostenida.
Lo que encontré esa noche
Volveré a Elena un momento. Lo que me detuvo en Mateo 9:28 no fue el milagro. Fue la secuencia: los ciegos gritan en la calle y Jesús no responde. Entran en la casa y se acercan. Y entonces viene la conversación.
Hay algo en ese movimiento, ese seguir sin respuesta inmediata, ese entrar de todas formas, que me resultó más honesto que cualquier cosa que hubiera leído en semanas. No es una narrativa donde la fe intensa produce resultados instantáneos. Hay persistencia, hay acercamiento, hay una pregunta antes de la respuesta.
Mi madre mejoró. No de forma inmediata ni dramática. Pero mejoró. No sé qué hacer con eso teológicamente. Lo que sí sé es que el texto de Mateo no prometía velocidad ni espectáculo. Prometía algo más parecido a una respuesta proporcional a la orientación de quien pregunta.
Una nota sobre la versión NVI
La versión NVI traduce este versículo con bastante fidelidad al texto griego. Algunas traducciones más antiguas, como la Reina-Valera, usan “¿Creéis que puedo hacer esto?” con el mismo sentido, aunque el ritmo en castellano varía ligeramente. La NVI tiene la ventaja de una sintaxis más próxima al español contemporáneo, lo que facilita la lectura seguida del capítulo.
Para un estudio más profundo, vale la pena leer el pasaje en contexto desde Mateo 9:18 hasta el final del capítulo, donde se puede ver la arquitectura completa que Mateo construye.
Tres preguntas para llevar al texto
Si alguien llega a Mateo 9:28 buscando no solo información sino algo para pensar, propongo tres preguntas que el texto plantea de forma natural:
¿A quién sigo antes de que responda? Los ciegos siguen a Jesús mientras gritan en la calle sin respuesta. La fe que describe el texto no espera confirmación previa.
¿Qué significa acercarse? El movimiento de entrar en la casa y acercarse tiene algo de iniciativa que no siempre aparece en las lecturas pasivas de estos textos.
¿Cuál es el objeto de mi fe? La pregunta de Jesús en Mateo 9:28 no pregunta si el milagro ocurrirá, sino si los ciegos creen que él, específicamente, puede hacerlo. El objeto no es la esperanza genérica sino una persona concreta. Esa distinción, pequeña en apariencia, cambia bastante lo que significa responder “Sí, Señor.”